En medio del reto de asimilar aún este hecho, se nos abre otro de
dimensiones importantes: educar a los que vienen detrás de nosotros
para un siglo hecho de vértigo e incertidumbre. Genética, paz,
sociedad del conocimiento, ecología, los 11 de septiembre y de
marzo…son parte del menú sobre el que nos tenemos encontrar
respuestas para ellos y con ellos. La complejidad de este mundo,
lleno de posibilidades y curiosidades, tan ajeno y tan lento aún
para lo justo y lo digno, necesita una nueva generación de seres
humanos con una educación intelectual, sentimental y estética tan
flexible y abierta que llama la atención la pobreza y el sectarismo
desde el que se discute sobre su educación.
Si algo duele de unas alas, es que no sirvan más que para levantar
un palmo del suelo. Sin altura, sin vuelo, no hay perspectiva, no
hay reto ni sueño. Ahora que queda en suspenso la Ley de Calidad
Educativa, conviene recordar que a la educación, a la escuela, como
a la mayoría de las cosas importantes, no le basta con una ley. No
la resuelven decretos, programaciones ni competencias. Cada uno de
esos trámites legislativos no debiera ser nunca el inicio sino la
apuesta por un proyecto con el que los adultos de un tiempo
histórico se comprometen para hacer posible un futuro mejor.
Cuando el lugar en el que educamos a nuestros niños y adolescentes
es una escuela de calidad – que no es igual que una escuela que
aplica una Ley de Calidad - sus resultados se hacen presentes en lo
cotidiano. En la escucha y el análisis, en la curiosidad y el gusto
por la belleza. En elegir como ciudadanos la esperanza, la libertad
y el pensamiento (auto)crítico como los gestos que resumen el
aprendizaje básico que nos enseña a vivir y a hacer buena la vida.
Una escuela de Calidad, una sociedad de Calidad en la que merezca la
pena vivir, sólo es posible con adultos de calidad que
ejerzan (sin esconderse) desde el ámbito o desde el papel social que
les corresponda. Adultos que por su forma de vivir convenzan,
contagien a niños y a adolescentes (y a otros adultos también) de
que hay una manera de relacionarse con la vida y con uno mismo que
merece la pena aprender, por la que vale la pena esforzarse.
La escuela es un proyecto exigente que, al desarrollarlo, nos obliga
a TODOS, a mirarnos. A ser capaces de respondernos de vez en cuando:
¿qué hemos aprendido? ¿qué merece la pena aprenderse? ¿cuál es la
mejor manera de hacerlo? ¿cuánto creemos que deben aprender los que
nos siguen? ¿cuánto estamos dispuestos a aprender aún nosotros?
Por eso, para hablar de educación, antes de mirar hacia las
programaciones, religión sí o no, itinerarios o reválidas, los
niños merecen que los adultos nos paremos a pensar qué proyecto de
mundo tenemos y con qué actitudes y compromisos estamos dispuestos a
protagonizarlo. No hay proyecto educativo que triunfe sin unos
adultos con los que niños y adolescentes aprendan a arriesgar, a
buscar, imaginar, a comprometerse al verles en los respectivos
papeles que desempeñan socialmente:
1.
Como PROFESORES,
adultos de calidad cuyo empeño está en que sus alumnos recuerden, a
través de su trabajo y su persona, el colegio o el instituto como un
lugar de referencia vital y cultural. Espacios de creatividad e
iniciativa. Profesionales del conocimiento y de las emociones, a los
que la calidad de su trabajo individual y de equipo les hace ser
reconocidos socialmente.
2.
Como PADRES,
adultos de calidad cuyo compromiso mayor no sea contentar, cubrir
necesidades o evitar problemas. Que exijan el derecho de tener
tiempo para discutir, ayudar, compartir, aburrirse con sus
hijos. Capaces de aunar afecto, exigencia, libertad.
3.
Como PROFESIONALES,
adultos de calidad a los que les importan qué se hace en las
escuelas porque de las actitudes individuales y de equipo, de la
capacidad de análisis y creatividad que desarrollen, dependerá la
calidad de un trabajo del que nos beneficiaremos todos el día de
mañana.
4.
Que en INTERNET y TELEVISIÓN,
estén presentes adultos de calidad conscientes de los ojos que las
miran. Ojos inteligentes e ingenuos que merecen algo más que
emociones, vulgaridad o el todo vale.
5.
Como CIUDADANOS,
adultos de calidad orgullosos y satisfechos por el esfuerzo de haber
transmitido, a quienes tenemos la responsabilidad de educar, el
deber de transformar (y no sólo mostrar o criticar) todas aquellas
realidades que empobrecen la convivencia ciudadana.
No podemos seguir perpetuándonos en el error de pensar que la
calidad de la enseñanza depende de la creación continua de nuevas
estructuras, de nuevas leyes. Que los buenos resultados se escriben
exclusivamente dentro de las aulas. Y es que detrás de los gestos
que hoy nos dibujan como adultos, dentro de nuestras ideas, de la
forma en que expresamos los sentimientos, están todos los nombres,
los lugares, que nos han construido desde que hemos sido niños.
Somos el resultado de un viaje hecho de personas. El viaje que nos
ha educado. Dibujar el mapa que hará crecer a los niños y
adolescentes del futuro es una tarea responsable, delicada, llena de
imaginación y rigor, de placer y esfuerzo. De adultos hechos de
compromiso y esperanza. Adultos de calidad. Si hablar de educación
sigue sin implicar eso, todo lo que hagamos estará destinado sólo a
este ahora y no al futuro. Y nacerá muerto.
¿Por qué no atrevernos, por qué no arriesgar y sorprender a nuestros
alumnos, a nuestros hijos, a los niños y adolescentes con los que
nos cruzamos todos los días? Sorprenderles por imaginación, por
placer, por curiosidad y compromiso. Por pasión por la vida y lo
humano. Y hacerlo ya, porque como afirma Caballero Bonald,
somos
el tiempo que nos resta.
Lourdes Bazarra
Olga Casanova
Jerónimo Gª Ugarte
Profesores, Especialistas en Centros Educativos
y Formadores