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Publicado en las páginas de Opinión de el diario
El País el 4 de Enero de 2000
Herederos
OLGA
CASANOVA
No sé por qué, pero de vez en cuando pregunto a
mis alumnos a cuántos les gustaría ser profesores. Y, a pesar de
que no me sorprenda el hecho de que sean muy pocos los que
respondan afirmativamente, eso no impide que me extrañe y me
inquiete. La respuesta más fácil y más rápida, aunque sea
también verdadera, está en el dinero, pero no basta. Es cierto
que para muchos el bienestar y el progreso de una sociedad, de
una familia, de un individuo, no se mide por lo que sabe, por su
capacidad y curiosidad, por su compromiso para entender y
recrear el mundo sino por los objetos que posee y exhibe.
Vivimos en un mundo que existe para ser visto pero no para ser
escuchado, analizado o recreado. Y esta entronización de los
ojos, de mirar sin ver, de fijarse sin observar, nos ha ido
domesticando, adocenando y vaciando. De ese modo, cualquier
comportamiento crítico o reflexivo se considera excesivo,
sospechoso e incluso violento cuando no absurdo. Esta situación
existe, pero no me basta para responder a la pregunta de por qué
un adolescente no siente inclinación, pasión, deseo hacia una
profesión que debería provocar los mismos sueños, los mismos
afectos que la medicina o el arte, dos ámbitos que reflejan muy
bien la fragilidad, el misterio, la belleza, el desprendimiento
de que está hecha la vida cuando cada una de estas actividades
está en manos de alguien a quien se ha dejado ser, y ha querido
ser, humano. El anonimato, la grisura, cuando no el desprecio y
la indiferencia a los que la enseñanza y el profesorado están
sometidos es el reflejo de este tiempo tan apegado a lo
inmediato y a lo aparente en el que vivimos, un tiempo en el que
lo social no emerge como proyecto común porque no se tiene
noción de otra medida que no sea el instante (ni siquiera el
presente). Nadie se siente heredero ni continuador. Ni la
escuela, ni la familia, ni los medios de comunicación subrayan
con el suficiente énfasis el hecho de que pertenecemos y vivimos
el resultado de una historia, que crecemos dentro de una
organización social e individual que otros impusieron y
preservaron y que nos toca conservar, cuestionar, transformar o
crear según nuestra inteligencia y sensibilidad nos indiquen,
porque serán las pautas de nuestra vida y de la de quienes nos
sigan. En muy pocas ocasiones se nos ayuda y enseña a hacernos
conscientes de que el bienestar, el hacer realidad la dignidad a
que está llamada cualquier vida es cosa de todos, tal vez porque
a los ineficaces y a los más listos les interesa que deleguemos,
que olvidemos o desconozcamos que nuestros comportamientos
afectan en mayor o menor medida a todo lo que existe. En esta
ceguera, en esta ignorancia es donde estamos aprendiendo a
llamar felicidad o justicia a la comodidad o a la indiferencia.
Sin embargo, el hecho de que la vida pueda ser hermosa es lo que
la hace incompatible con la inercia, con lo fácil.
Probablemente,
uno de los elementos sociales que mejor muestran el valor que le
concede el ser humano a la vida sea la escuela, así como los
contenidos y cometidos que se le exigen, porque cada uno de esos
elementos son capaces, a medio y largo plazo, de hacernos seres
humanos más conscientes, más plenos, más reflexivos y
comprometidos. La escuela no está, por lo tanto, llamada a
construir y a preservar lo más fácil sino lo mejor. A través de
la educación y su proyecto reflejamos la visión que tenemos de
nosotros como personas, el ser humano que todos deberíamos estar
llamados a ser. Todo educador tiene la esperanza y la certeza de
que los conocimientos y las actitudes elegidas y aprendidas
determinarán la calidad de vida de todos, incluidos los que aún
no existen.
Sin embargo,
aunque el ser humano desee la felicidad y la invente, el
compromiso con ese sueño no es nunca pleno. A veces la comodidad
es la que suplanta su lugar a la pasión y a la curiosidad. Y
percibimos que la esperanza inicial se ha convertido en simple
espera, que ya no buscamos la inquietud sino lo conocido.
Olvidamos con enorme facilidad que la vida es movimiento, que la
inteligencia ansía el problema por el placer de descubrirse
imaginando, creando o entendiendo. Si esto es tan hermoso, tan
valioso y deseable por sí mismo, ¿quién o qué nos vence?
Como espacio
donde la vida se construye, la escuela es un lugar de conflicto;
y de la calidad de su resolución depende (y no sé si somos
conscientes de ello) la buena o mala vida que como sociedad y
como individuos nos demos a nosotros mismos. Porque cuando la
memoria científica, histórica, literaria nos enseña a
cuestionarnos y a entender la vida, todas las vidas, nuestra
propia vida -y alcanza la condición de sabiduría- entonces somos
mejores como ciudadanos y como personas. Es verdad que eso no
nos garantiza la felicidad absoluta pero sí nos acerca más a
ella.
Hay tantas cosas
que una sociedad debe exigir y dar a sus profesores -si fuera
consciente de la importancia de la calidad de su labor- que no
deja de resultar absurdo que alcancemos un protagonismo tan
escaso, una valoración tan pobre sobre nuestros juicios y
apreciaciones cuando tenemos una información directa sobre cómo
será el próximo mundo, el que ahora estamos fabricando. Cuando
aparecemos es siempre por semanas blancas, por navidades, los
días sin clase por la tarde en junio o las vacaciones de verano.
La obsesión por los horarios escolares no es siempre el síntoma
de una preocupación por la calidad de la enseñanza,
especialmente cuando para algunas asociaciones de padres se
convierte casi en el único tema a analizar y combatir. Vivimos
en una sociedad que desconoce y se ausenta de sus obligaciones
educativas gracias al trabajo porque eso le permite no tener que
analizar y comprometerse y sí exigir a la escuela unos horarios
y unas temporalizaciones que le permitan delegar en otros la
educación de sus hijos, una educación que no sirve para mucho si
esa responsabilidad no es compartida entre familia y escuela. No
deja de ser contradictorio que las familias abominen, con o sin
razón, de la semana de Carnaval pero que no reivindiquen con la
misma pasión el derecho a unos horarios laborales que les
permitan regresar antes a casa y ocuparse y convivir con sus
hijos. Éste es un mundo que crea huérfanos y que exige a la
escuela una paternidad a la que no está llamada aunque su labor
sea la de tutelaje y acompañamiento. La educación escolar, pese
a todo lo que conlleva, no puede suplir las responsabilidades de
las que la familia y la sociedad pretenden desprenderse con
respecto a sus niños y adolescentes.
En medio de todo
este ruido, la economía ha entronizado dos máximas que, por sí
mismas, en su sentido más superficial, son -en educación- el
anuncio de un futuro empobrecimiento humano y, por lo tanto,
social: utilidad y resultados. La palabra utilidad es
inquietante porque nunca explica el para qué que le da sentido y
la fundamenta. Si por utilidad se entiende lo que una sociedad y
una persona necesitan en un momento histórico determinado, me
parece una palabra peligrosa y manipuladora porque limita la
educación a las necesidades del mundo que conocemos (como si
fuese a ser eterno, como si fuese el mejor), pero deja a un lado
el mundo y el ser humano posibles. Ésta es una de las opciones
más castradoras en educación porque niega al individuo su
inteligencia, su creatividad, su sentido analítico y crítico
porque le pide que deje de pensar para simplemente adaptarse.
Paradójicamente,
además, en un mundo tan vertiginosamente dotado de información,
donde los avances y descubrimientos son tan rápidos, los
contenidos escolares, es decir, la memoria histórica, artística
y científica que debe tener un alumno, el análisis crítico, la
argumentación de las ideas, el rigor con los que debe terminar
su formación, se han convertido en hechos malditos porque
interfieren en la apariencia de unos resultados a los que no se
exige verdad sino tranquilidad. Y en esta opción por la
superficialidad abandonamos a la persona en un medio del que
inicialmente le protegemos y para el que no le damos cursos
lingüísticos, emocionales e intelectuales que le permitan
oponerse a los mensajes, transfomarlos o crearlos desde el
diálogo y la imaginación, con un mundo interior demasiado
estrecho y mediatizado por lo exterior. ¡Qué necesaria entonces
la inutilidad del cine, de los libros, de la escucha y la
palabra que nombra y significa; qué necesarios por demasiado
valiosos, por distintos, porque nos hacen ver lo que aún no
existe, lo que fue, el ahora en que vivimos! Ellos son los que
evitan el vacío, la inercia, los que nos recuerdan que la vida
se crea y se escribe. Que para vivir no basta el pulso, el
movimiento o la respiración. Que a la vida no le es suficiente
con la vida.
Éste es un
tiempo necesitado de exigencias y rebeldías. Un tiempo en el que
se hace necesario subrayar que no todos los comportamientos y
opciones son iguales ni tienen los mismos efectos. Que la
existencia puede resolverse con más generosidad, con más
imaginación, rigor y compromiso. Y que, en esa acción, la
escuela y los profesores juegan un papel importante que
inevitablemente será molesto para una sociedad y unas
estructuras educativas que buscan la comodidad en lugar de la
emoción y la aventura. Si los profesores hiciéramos más
consciente en el aula la importancia que tiene saber leer y
comprender la vida en sus gestos, en su historia temporal y
cotidiana, si lo creyéramos con más pasión, esa intensidad sería
contagiosa para la razón y para el corazón. Porque la educación
tiene como desafío recordarle al ser humano que nos es
espectador ni lector, que es el narrador de sí mismo y de los
otros y que la belleza de ese tejido delicado que construimos
unos con otros depende de la calidad, el rigor y la sensibilidad
de nuestra escritura, de las manos, de la voz, los ojos y la
memoria de quien nos la transmite. Éste es uno de los mejores
regalos que los seres humanos hemos sabido hacernos a lo largo
de los siglos: el de no tener que comenzar la vida sino
continuarla e inventarla para hacerla digna de nosotros y de los
que nos heredarán algún día.
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