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BURN OUT:
UN MOMENTO
PARA CREER Y
CREAR
Por Lourdes
Bazarra Rodríguez, OIga Casanova Caballero
Jerónimo
García Ugarte
Ponentes en
las sesiones formativas del Módulo III
Uno
de los factores que mayor incidencia tiene en la sintomatología
del Burn Out, es la inseguridad y la falta de credibilidad en la
propia práctica, en los alumnos, en la comunidad educativa
y en
el sistema. Si el profesor se siente indeciso a la hora de aplicar
un determinado método, si intuye que sus alumnos no están
motivados y no hace nada por compartir las inquietudes con sus
compañeros, su labor educativa está abocada al fracaso. Es por
ello que el planteamiento que se desarrolla a continuación
ofrece una visión positiva del quehacer docente. Creer y crear,
obviar, afrontar,
prevenir, compartir, resolver y proyectar.
1.
INTRODUCCIÓN
El
planteamiento del que partíamos a la hora de desarrollar los
contenidos del curso era conseguir dentro de nosotros un cambio
de estrategia y de modo de pensar el aula y en el aula. Asumir
ese reto no el de esperar sólo a que los agentes externos
cambien o mantenernos en nuestros problemas supone ser capaces
de transformar las dificultades que los profesores vivimos en
nuestras escuelas hoy en espacios para:
-CREER en la
educación y en el valor de nuestro trabajo en aulas
y
en
equipos educativos
-CREAR nuevas
formas de aprendizaje, de compromiso intelectual emocionalsocial,
que nos devuelvan la curiosidad y la capacidad de investigación
y
seducción como docentes.
Para ello,
nos centramos primero en la identidad, en el papel del profesor.
En segundo lugar en la creación de nuevas posibilidades en las
aulas que mejore la enseñanza-aprendizaje, por lo tanto, la
felicidad y satisfacción de alumnos y
profesores.
2. CREER EN
EL PROFESOR
Es cierto que
las circunstancias externas nos queman como profesionales y como
personas y que siempre nos quemarán pero un profesorado crítico,
investigador, creativo, capaz de interesarse a sí mismo,
encuentra más recursos para protegerse
y
atravesar las
dificultades que aquel que no dedica tiempo a la espera y al
recuerdo.
2.1.
Tiempos de burn out, tiempos de oportunidades
Si hay un
lugar sensible a los cambios sociales a los que se producen
ahora, a los que se intuyen para el futuro ese lugar es la
escuela, sus claustros, sus alumnos. Las relaciones que se
establecen en las aulas. Profesores, niños
y
familias
somos un
barómetro en el que se puede
leer el presente y trazar el futuro.
La crisis de
la escuela no es un hecho actual. Una institución como la
nuestra en la que elegimos el perfil de futuros ciudadanos que
merece la pena hacer posible, está abocada a vivir en crisis
porque ese proyecto nunca nos dejará por suerte enteramente
satisfechos. Nuestro trabajo va ligado a la propia evolución
y
cambios que caracterizan a la
vida. Tal vez, la diferencia en este nuevo siglo está en el
vértigo con que los acontecimientos se suceden. A veces de un
modo tan intenso, que no podemos observar, pensar, interiorizar,
elegir lo mejor.
En ese
vértigo, los proyectos que exigen plazos medios o largos, se
resienten. ¿Cómo construir un proyecto vital, emocional, de
conocimiento
y
convivencia para un mundo en el
que todo pasa tan rápido que parece ayer?
Es en esa
espiral dentro de la que hoy hacemos nuestro trabajo profesores,
alumnos
y
familia. Un momento de
transformaciones profundas no sólo tecnológicas, sino también de
pensamiento, de visión del mundo
y
de nosotros
mismos que nos obliga a cuestionamos nuestro modelo de relación
con la realidad, con los demás
y
con nosotros
mismos.
Más que
acción, el tiempo en el que nos ha tocado vivir
y
ser
profesores, nos obliga en un porcentaje mayor a pensar que a
actuar. Sobre todo porque la acción sin reflexión sólo nos
servirá para resolver lo inmediato, pero no los retos a medio
y
largo plazo. Y nos dejará
quemados
¿
Cómo es el mundo que estamos construyendo?
¿
Qué cambiar, imaginar,
atreverse a crear?
2.2. El problema de la identidad
profesional de los profesores: la oportunidad de redefinirnos.
Esa
indefinición en el modelo social es necesariamente una
indefinición en el modelo educativo. Algo que queda reflejado
claramente a través de los problemas que supone definir hoy
nuestro perfil profesional como educadores.
¿Qué
profesor buscan hoy escuela y sociedad?
Frente
a la claridad con la que se detallan los rasgos de otros
profesionales, ser profesor actualmente se ha convertido en un
rompecabezas en el que la sociedad va componiendo los deberes
y
expectativas intelectuales
y
afectivas que no quiere o no
consigue asumir.
De
todos los trabajos que el ser humano puede realizar, el de
maestro
es uno de los más nobles
y
necesarios. De los más complejos y exigentes. Hacer posible
lo
más humano de nosotros mismos es
un proceso largo infinito en sí mismo, en el que somos el
resultado de muchos rostros, nombres, personas, y de nuestro
propio carácter y libertad. Todo este planteamiento de
visualización y reflexión sobre nuestro trabajo está orientado
a buscar la satisfacción, la felicidad propia en el aula. El
primero que debe recuperar su dignidad, su autoestima, es el
profesor a través de él mismo. De su capacidad de riesgo, de
investigación, de diálogo. En el papel que asigna al alumno en
el deber de comprender el mundo en el que vive
y
de hacerlos
mejor juntos. De ahí esos dos maestros tan opuestos, tan llenos
de su propia historia, con los que abrimos esta parte del
módulo.
La maestra de
la película MANOLITO GAFOTAS
El
profesor de
CADENA
DE
FAVORES
Muchas
de las condiciones en las que desempeñamos nuestro trabajo no
son las
mejores. Pero mientras las
exigimos, proponemos o construimos, sí hay elementos que aún
dependen claramente de nosotros. Y quienes marcamos las reglas
de juego en el aula. Los que seducimos, lideramos, provocamos,
invitamos a hacer permanente el riesgo y el placer de aprender,
somos nosotros, los profesores. Conseguir que septiembre haga
soñar. Hacer que Junio nos produzca tristeza y no quemarnos.
3. CREAR EN
EL AULA
3.1. Crear
nuevas formas de enseñanzaaprendizaje
Recién
estrenado un nuevo siglo, una de las pocas realidades, que como
educadores, nos atreveríamos a afirmar con rotundidad es el
hecho de que ya no es posible seguir pensando en EL PROFESOR
como un profesional dedicado exclusivamente a transmitir
conocimientos académicos. La imagen de muchos de nuestro
profesores como docentes especializados en la enseñanza de los
contenidos correspondientes a un área de conocimiento (Historia,
Matemáticas.... ) no puede seguir formando parte de la realidad
educativa en la que se está desarrollando nuestra actividad
profesional.
Y
todo por un hecho tan decisivo
como inevitable y en una gran parte de los casos desconcertante:
Nuestros alumnos cambian.
Nuestros
alumnos cambian; los niños, adolescentes y jóvenes no han dejado
de cambiar a lo largo de toda la historia de la humanidad. Y
todo proceso de cambio hace que tengamos que replantearnos
nuestros modelos
de actuación educativa, el cómo
enseñamos y el cómo aprenden nuestros alumnos. Afrontar los
cambios, desde el optimismo, es
10
que ha
mantenido y mantiene "vivo" el hecho educativo ya los
educadores, alejándonos de la frustrante presencia de la
inercia. El conflicto ante los cambios al que han tenido que
enfrentarse los educadores, a lo largo de toda la Historia, no
ha dejado de acompañamos desde que Platón sintiera, con dolor,
la falta de compromiso cívico-político de los jóvenes
atenienses, más preocupados en el aumento de sus riquezas
y
en el
disfrute hedonista de sus capacidades que en la entrega
desinteresada a sus deberes como ciudadanos.
3.2. ¿Y
por qué hoy, más que
nunca,
se
habla del profesor quemado?
El conflicto
ante el cambio ya no es un sinónimo de vitalidad y de búsque-da.
Es una triste metáfora del desconcierto y del miedo a tener que
asumir cada día el valioso y decisivo reto de educar.
Los
profesores asisten incrédulos y desconcertados a un auténtico
laberinto de contradicciones:
La
contradicción de la ausencia de formación para afrontar los
nuevos cambios.
La sociedad,
la mayor parte de los padres de familia parecen tener muy claro
sobre quién debe recaer la responsabilidad ( ¡sin límite de
horas! ) de dar una respuesta adecuada a los muchos cambios que
se encuentran en los no demasiados momentos en los que se
encuentran no con sino ante sus hijos. A la ESCUELA se le asigna
el deber de educar íntegramente a un alumno/a pero se le niega
el derecho a reclamar el porcentaje de educación del que debe
ser responsable la familia, la sociedad.
Y
con todo, y esta es la grandeza
del ser profesor, la escuela no ha cesado en su empeño de seguir
asumiendo más protagonismo del que le corresponde porque sigue
alimentándose con la ilusión de sus profesores. Una ilusión que
empieza a no ser suficiente.
La
complejidad de los cambios necesita de más armas que las que
nacen de la vocación docente. Los profesores reclaman una
formación que no han recibido y que solamente en pequeñas dosis
(a base de importantes esfuerzos económicos y de tiempos) están
recibiendo para hacer frente a la resolución de conflictos en el
aula, a los problemas emocionales, a las estrategias de
motivación, al diálogo con los padres, a la diversidad con la
que se encuentran en las aulas ...
La capacidad
de dar clase a 25 niños, pertenecientes tres o cuatro
nacionalidades, de los que muchos no hablan nuestro idioma,
algunos incorporados a mitad de curso..... esa capacidad no es
innata (a pesar de lo que muchos muestran pensar) necesita ser
enseñada, formada y apoyada por otros profesionales con una
estructura adecuada de tiempos y
espacios.
La
contradicción de la inestabilidad del cambio de estructuras.
¿Puede
alguien, que conozca realmente un centro escolar, seguir
pensando que el camino de la calidad se recorre mediante el
continuo cambio de estructuras y leyes ?
Pues parece
ser que sí. No cabe la menor duda de que todavía existen
profesionales con responsabilidades institucionales que han
focalizado todo el esfuerzo y la filosofía de la búsqueda de una
mejor educación en una desenfrenada carrera para evitar que las
estructuras educativas permanezcan el tiempo necesario para
transmitir una sensación de estabilidad.
La calidad no
se construye, en su parte sustancial, a partir de la
modificación de estructuras y leyes, salvo que el verdadero
objetivo no sea éste, sino la construcción artificial de una
imagen.
La auténtica
mejora de la educación, esa que no queme a los educadores, nos
exige bucear en aguas más profundas. Allí donde se habla y
reflexiona sobre las circunstancias vitales del alumno al que
tenemos que educar, allí donde se consigue que los claustros de
profesores desarrollen formulas eficaces de trabajo en equipo,
con tiempos para hablar de educación y no solamente para
cumplimentar un desbordante número de formularios destinados a
tratar de dar sentido a inanimadas estadísticas.
Insistir en
caminos equivocados no hace sino aumentar el desconcierto y
favorecer, a no muy largo plazo, un futuro de profesores
quemados.
3.3. ¿Cómo
afrontar el Síndrome de profesor quemado?
Creando
nuevos retos.
Nuestro
discurso educativo ha perdido el sitio que tenía hasta ahora
reservado. La inactividad de nuestra potencialidad pedagógica
nos ha quemado y ha permitido que el cambio de nuestros alumnos
nos sorprenda y desoriente. Nuestra herramientas, estrategias de
aprendizaje, ya no son eficaces y se nos hace necesario, de modo
urgente, la creación de nuevos retos, de nuevas propuestas que
nos inmunicen contra los efectos del Burn Out.
Nuestra apuesta personal parte
de la hipótesis de que la mayor parte de los cambios importantes
que detectamos en nuestros alumnos, hacen referencia a su
dimensión emocional. Conflictos, carencia emocionales que están
impidiendo un pleno desarrollo de sus potencialidades éticas y
académicas. Falta de habilidades personales que están provocando
un considerable aumento de los problemas de convivencia en el
aula y el consiguiente “desgaste” del profesor. Anomalías en la
vivencia de las propias emociones incapacitan la mejor de las
estrategias elaboradas por un educador.
¿Cómo
conseguir que un alumno adquiera el hábito de utilizar
determinadas técnicas de estudio si no tiene ninguna motivación
personal de logro? ¿Cómo conseguir que un alumno indisciplinado
pueda prestar atención sin la más mínima capacidad de
autorregulación de sus emociones?
Nos
empeñamos, quemándonos en la ineficacia, tratando de encontrar
respuestas en el lugar inadecuado.
Nuestro reto
como profesionales de la educación, apunta en la dirección de la
creación y desarrollo de proyectos educativos de centro
dirigidos a la formación emocional d e nuestros alumnos. Como
cimientos a partir de los que poder edificar una auténtica
educación de calidad, donde las condiciones de aprendizaje y
disciplinarias en el aula sean lo más óptimas y eficaces
posible, donde el profesor sea capaz de desarrollar con éxito
toda la potencialidad educativa que lleva dentro y donde no
tengamos que seguir recogiendo cenizas de vocación e ilusión.
Proyectos
impulsados por las direcciones de los Centros, creados desde
dentro, en el claustro de profesores (sin lugar a dudas quienes
mejor conocen la realidad personal y social de sus alumnos) y
dirigidos (tomando como referencia a Goleman) a la adquisición
de dos grupos de Competencias Emocionales fundamentales:
Competencias personales::
Aquellas que nos ayudan a relacionarnos con nosotros mismos:
-
Conciencia de uno mismo
-
Valoración adecuada de uno mismo
-
Autorregulación
-
Integridad ética
Competencias
sociales: Aquellas
que nos ayudan a relacionarnos con los demás:
-
Empatía
-
Orientación hacia el servicio a los demás
-
Valoración positiva de la diversidad
-
Comunicación
La creación de nuevos retos, la
búsqueda de nuevos horizontes, saber dónde y cómo buscar nuevos
caminos, son nuestro mejor aliado en la batalla (ya dejó de ser
una pequeña lucha) por evitar que nuestros educadores se sigan
quemando. Tenemos que salir, así nos lo piden nuestros alumnos,
de esas terribles estadísticas que nos sitúan como la profesión
con más índice de depresiones.
En este mirar
hacia delante con optimismo, los educadores nos comprometemos a
poner nuestra ilusión, nuestra vocación de servicio y nuestros
conocimientos académicos. Los padres tienen que comprometerse a
dialogar desde el respeto, a equilibrar la balanza de sus
derechos y deberes, a estar más con sus hijos (en cantidad y
calidad). Y las instituciones educativas tienen que
comprometerse a bucear en aguas más profundas, lejos de la
imagen, allí donde se educa desde la calidad y la felicidad
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